lunes, 2 de diciembre de 2013

El Coronel Hans Bierhoff

Con la tenacidad de un perro que clava su mandíbula sobre un enorme hueso amarillo me aferré a la misión de mi vida, escribir la historia de Sajonia y encontrar la vieja casa que mis abuelos habitaban en esa región. No sería sencillo, eso lo tenía bastante claro. Existían dos notables inconvenientes: el camino hacia su villa en el campo había sido devorado por la vigorosa profundidad del bosque, yacía abandonada en algún lugar de la montaña, pero sobre todo, el asunto político. Una nación tan orgullosa como la mía había sido partida por dos potencias que no veían en mi patria algo más que un simple satélite, un tablero de ajedrez para exponer al mundo sus querellas ideológicas, sus macabros juegos de guerra.
                Burlar la Cortina de Hierro no fue tarea sencilla, lo logré a fuerza de tenacidad e influencias. Un poderoso grupo de mecenas exiliados en Núremberg me había contratado para erigir el máximo compendio de Historia Regional de Sajonia, diez preciosos volúmenes que comprendían toda la información existente acerca de nuestra república, la flora y fauna endémica del estado, las guerras napoleónicas, los silogismos germánicos comunes, los sincretismos de las antiguas religiones paganas, los rasgos lingüísticos autóctonos, entre mucho más. Ellos necesitaban un nativo que residiera en la parte occidental de la fragmentada república para evitar politizar el trabajo y a su consideración yo era el único calificado para la faena. Pensé en flanquear, infiltrarse en una república enemiga era –por no decir más- bastante peligroso, pero la bravía y el furor de la historia familiar tentaron mis fibras más sensibles: la carrera castrense de mi abuelo, su ascenso a las altas jerarquías militares, las condecoraciones de estado, el matrimonio con la diplomática mulata del nuevo mundo y finalmente, la traición prusiana, terminaron por convencerme.
                Mi abuelo desapareció sin dejar rastro, jamás se supo nada sobre él. Mi abuela –en quién cayó la pesada tarea de criar a sus hijos huérfanos en una tierra muy lejana a la suya- nunca mostró señales de resignación, al contrario, sobrellevó la tragedia con los recuerdos más atesorados. De vez en cuando se perdía al pronunciar su nombre, lo enunciaba con ese acento que lo hacía sonar casi altisonante. “Hans Bierhoff” repetía con suavidad y cariño. Parecía querer invocar al fantasma del abuelo, juguetear una vez más con sus labios, deseosos de tanto extrañarlo. Notaba como sus muecas eran alegres y radiantes cuando rememoraba alguna anécdota difusa. Parecía ser la mujer más feliz de Baviera. Eloísa Mendoza era su nombre, una esbelta mariposa michoacana que había llegado a la república en alguna misión diplomática, hasta que una en particular resultó fructífera. Se conocieron en una gala para conmemorar 80 años de relaciones entre México y Prusia. El abuelo no resistió su exotismo, la manera peculiar de mi abuela para pronunciar las palabras en un idioma extranjero lo hipnotizaba; ella decía que mi abuelo era un libro austero que bailaba salsa. Jamás supe el significado de esas palabras, sin embargo, a ella le arrebataba ese detalle.

                Durante la gran guerra, mi abuelo fue ascendido al rango de coronel. No fue sencillo, se lo ganó a sangre y plomo. Contuvo los embates americanos, e incluso le ganó tiempo a los austrohúngaros para preparar un posible contraataque en el frente oriental. Mi apellido tenía destinado un lugar en la historia de la nación; quizás en algún centro de educación superior, una avenida de la capital, un museo o en la biblioteca central de la Universidad de Dresden. Sin embargo, mi abuelo no imaginó la traición que sufriría por parte de sus subordinados… Motivada por la idea de la redención, mi abuela me aconsejó ir a su vieja casa de campo, aseguraba que en el viejo uniforme del amado Coronel Bierhoff encontraría una prueba importante que limpiaría nuestro apellido. Sin estar muy seguro de mí destinó, me adentré en territorio enemigo casi como un espía, mi misión era clara: intentar conciliar el pasado con el presente y tal vez así redimir nuestro futuro, el futuro de los Bierhoff.

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